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Cultura y las maras

A un líder de una pandilla salvadoreña, un periodista de Costa Rica, le consultó que si había penetración de las maras en la nación costarricense. La respuesta fue algo filosófica, el líder de la pandilla le cito a Fidel Castro, parafraseado que la revolución nace y yace de los pueblos, no obstante, él no hablaba de revolución, sino del fenómeno pandilleril, algo que en Costa Rica no tiene una fuerza natural.

Luego de unos años de tal entrevista en una cárcel de San Salvador, un ente estatal en Costa Rica brindó declaraciones de por qué las maras trataban de reclutar y lo conseguirán, pero el desarrollo de las células pandilleras no era eficaz como en los países del norte de Centroamérica, en gran parte porque el tico no respeta el orden organizacional de tales grupos, “no le gusta que nadie lo mande” – “todos quieren ser el jefe”.

A esto hay que sumarle que Costa Rica tiene como países vecinos por tierra a Nicaragua y Panamá y ninguno de estos ha sido tomado por el fenómeno de las pandillas.

El tema de las pandillas es apasionante porque tiene su origen real nada más y nada menos que en Norteamérica, que luego regresaban a los países de América Central en la posguerra civil en cada país de la región (guerras alimentadas por múltiples fuerzas vivas internacionales).

En ese contexto privilegiado, Costa Rica no tiene ni de asomo los problemas de seguridad que poseen los hermanos países del Triángulo norte de CA, pero tiene violencia creciente, muerte de inocentes, incluso ancianos inocentes. La mara no existe en Costa Rica por temas culturales y contextuales, pero no por las políticas represivas.

En el caso de la violencia del narcomenudeo y las minibandas, Costa Rica no ha logrado nada (que respalden estadísticas), con las políticas represivas inefectivas de penas altas y flagrancia, quizás no porque no tengan razones morales para ser políticas duras, sino porque caen sobre los peores fáciles de reemplazar en las organizaciones criminales, muchas veces con penas desmedidas. El otro punto es que en las cárceles se mezcla y se reproduce la adicción y la violencia, en cárceles marginales, en centros penales de primera línea, sería otra historia.

Todo parece apuntar a la necesidad de implantar la represión fuerte, pero con oportunidad de salir adelante, sin prejuicios y que sea tajante con la impunidad y con la reincidencia. Además de basarse más en las políticas preventivas.

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